“Su hijo no tiene nada. Lo que le pasó es normal”. Lucía Sal no sabía si reír o llorar. Si agradecer el optimismo del neurólogo infantil o denunciarlo por falta de diagnóstico. “Al médico hay que creerle”, pensó y volvió a casa con su hijo de 10 años. Pero el chico no estaba bien y el doctor había dado el caso por cerrado, por eso ella aceptó que sus parientes lo llevaran con un curandero que lo condujo de nuevo a la ciencia. Esta es la historia.

Vísperas de Reyes. Agustín Navarro había pasado las fiestas más felices de su vida en La Ramada, donde viven sus abuelos. Venía en el auto cantando bachata con sus padres. De pronto el niño calla. La madre gira y mira el asiento de atrás; el chico estaba con los ojos cerrados, agarrándose la cabeza y en posición fetal. “¡Mirame Agustín, qué te pasa!”, rogó ella. Él tenía la mirada perdida. Urgente fueron a la clínica privada de niños.

“Lo atendió el neurólogo. ‘Es un cuadro vagal -me dijo-, no tiene importancia. Puede que nunca más se repita’”. Lucía vuelve a su casa con un montón de preguntas. Por la noche, regresa el cuadro. Dolor de cabeza, ausencia. De nuevo a la clínica y a la terapia intensiva. “Mi hijo, que es educado y tranquilo, empieza a gritar, a hacerles bromas subidas de tono a los médicos. A decir en voz alta que le gustaría que muriesen todos los pacientes de la sala. ¡No lo podía hacer callar! Me acusaban de que yo lo engañaba al padre...”, recuerda.

 

Amanece y Agustín estaba igual, nervioso, movía los brazos, tenía la mirada perdida y esquiva. Le hacen una resonancia magnética y todo sale normal. Una tomografía computada, igual. El neurólogo que antes le había dicho que no era nada importante, le da un anticonvulsivo y al mismo tiempo el alta. “Pero doctor, ¿qué tiene mi hijo?”, le pregunta casi con desesperación. “Un brote psicótico con delirio místico. No te asustés. ¿Te acordás del caso de Matías Alé? Bueno, igual...”

Lucía vuelve a su casa con la sensación de que le habían faltado el respeto. Pero no dice nada. Al día siguiente Agustín anuncia: “quiero ver a mis amigos de La Ramada”. Allí sufriría otra crisis. “Decía que se quería matar, que quería ver correr sangre... Lo decía con voz gruesa, de hombre, que no era la de él. Mis parientes y la gente de allá estaban asustados. Agustín hablaba del diablo, que quería matar a sus compañeros. ¡Realmente daba miedo escucharlo! Mi familia me sugiere llevarlo a un señor que cura la paletilla. Nos vamos, él lo ve y le tira agua bendita. ‘No, no está poseído, dice, busquen a un psicólogo’”.

“Yo siempre he creído en la ciencia pero ante la desesperación de ver a tu hijo así... Una, como madre, hace cualquier cosa”, se disculpa. Y prosigue: “llamamos a una psicóloga. Ella lo ve y él vuelve a decir que quiere cortarse las venas porque quiere ver correr sangre. La psicóloga aconseja esconder todos los cuchillos, tijeras y elementos peligrosos. Pero advierte que el caso la excede”.

“Mamá, alejate”

Ya lo habían visto un médico, un curandero y una psicóloga. Un pariente insiste en que hay que consultar con un sacerdote. Lo llevan a un cura sanador. El padre le da la unción de los enfermos y dice que el niño no está poseído. Sugiere que se busque un psiquiatra infantil.

Vuelven a la clínica que le corresponde a la obra social prepaga de Agustín. Le hacen un electroencefalograma. Sale normal. Más dudas. “Agustín pegaba trompadas a la pared. ‘Mamá, alejate, no te quiero hacer daño’”, me decía mi hijo”. Por tercera vez lo atiende el neurólogo que lo había mandado otras veces a la casa sin ningún resultado. Le quita el anticonvulsivo y le da un tranquilizante. A las dos horas, el cuerpo de Agustín se llena de ampollas. Alergia. Debe regresar a la clínica. A terapia intensiva. Sigue el delirio, aparece la fiebre, alta. Lucía ruega que no lo aten a la cama. Le ponen un calmante. “Agustín sigue moviéndose. La médica ordena otra dosis. El enfermero pregunta si está segura, y ella asiente. A los pocos minutos veo que mi hijo suspira y da vuelta la carita. Le había dado un paro. La línea del monitor ya no hacía picos, era una línea recta. Me corren. ¡Señor, no lo desampares!” Una, dos descargas. Y vuelve.

Lucía se desespera. “Señora, no gaste más plata. Vaya al Hospital de Niños”, le dice al oído una enfermera. Lucía ya no sabía de dónde sacar más dinero. Cada especialista al que iba le costaba $ 500 la consulta, más los análisis para descartar meningitis y otras enfermedades. “Uno de ellos valía $ 14.000. Me acuerdo de lo que me dijo la enfermera y lo traslado a Agustín al Hospital de Niños. Ahí fue otra cosa: en una hora le dieron el diagnóstico: encefalitis inmunomediada (una inflamación en una membrana del cerebro, por eso el dolor, la fiebre y las alucinaciones)”, cuenta la mamá, que a cada momento se le llenan los ojos de lágrimas.

Nacer de nuevo

Ese día, 23 de enero de este año, cambia la historia. “Me dicen que tienen que hacerle un tratamiento de plasmaféresis. Pero que el Hospital de Niños no cuenta con ese equipamiento. Que había que llevarlo a Buenos Aires, al hospital Garrahan. Otra pelea con la obra social, pero por fin accede. Viajamos. Agustín pesaba 18 kilos. En el Garrahan estuvimos tres meses, dos en terapia intensiva, y uno en intermedia, hasta que volvimos a Tucumán”, evoca con una sonrisa. Agustín llega con 30 kilos de peso, hablando y caminando.

Ya está de vuelta en casa. Una maestra domiciliaria le enseña los números, los colores , todo de nuevo, porque todo lo ha olvidado. “Le contamos su historia, paso por paso, desde que nació: yo soy tu mamá y te cuido..., él es papá...”. En seis meses se ha recuperado en forma sorprendente. Agustín sonríe, sabe que no era embrujo lo que tenía. Porque cuando el paciente dice que hay una dolencia, la hay.