Tomás Rico
trico@ellitoral.com

 

“Se cierra un ciclo y seguramente voy a extrañar a los clientes y a la actividad”, dijo Raúl Rathge, último dueño de la panadería “La flor de Italia”, en diálogo con El Litoral. Como para no echar de menos un negocio que convivió con la familia Rathge desde 1947, luego de que el padre de Raúl, Don Mariano -como era conocido- se la comprase a los italianos, Roque Favale y Capocetti, quienes la fundaron en 1917. Sin dudas que este local dejó recuerdos imborrables en varias generaciones del barrio sur de la ciudad.

 

Ubicada en 1° de Mayo 1301, esta panadería era una parada obligada, para el desayuno o la merienda, antes de llevar a los chicos a la escuela o el lugar donde la abuela compraba las “tortitas negras” o los “cañoncitos de dulce de leche” para esperar a sus nietos.

 

—¿Por qué tomó la decisión de venderla?

—Ya estaba cansado, fueron muchos años dedicado de lleno a la panadería, un rubro muy sacrificado que te exige trabajar hasta de madrugada. Entonces pensé en darle el lugar a gente nueva, con empuje e ideas que sostengan el nivel del negocio.

 

Con el mismo objetivo de siempre, que significaba atender bien a los clientes, de hacer la mejor mercadería posible, la producción de “La flor de Italia” era artesanal en su totalidad, una característica que casi no se encuentra entre las panaderías y confiterías de la ciudad

 

“El 90 % de los productos se hicieron manualmente, no era una producción industrial”, sostuvo Rathge y agregó: “A veces era más importante que el cliente se vaya conforme, a la ganancia que podía dejar una venta”.

 

Raúl se hizo cargo en 1982, es decir hace 35 años, con la idea de continuar con el negocio que heredó de su padre. Pero sus tres hijos se dedican a profesiones lejanas a la panificación, por lo que el negocio no tuvo continuidad. “Como éste es un negocio tan exigente, preferí que ellos estudien, tengan un título que no pude tener yo y se dediquen a otra actividad”, explicó.

 

Ahora alejado del trabajo de toda su vida, Raúl podrá tener un descanso de la exhaustiva rutina del panadero. “Me quedan hacer algunos trámites y papeleríos, pero creo que en un mes voy a poder decir: pasé a ser jubilado”, comentó entre risas.

 

Sin dudas que este local dejó una huella bien marcada y todo quedará guardado en la memoria de los clientes, momentos que producen nostalgia y la producirán aún más al momento en que pasen por la puerta y observen que la fachada ya no tenga el cartel azul y rojo de “La flor de Italia”, que le daba el toque pintoresco a la edificación colonial, que tan bien conservaron los Rathge en tantos años de trabajo.

 

“Los clientes de años, la gente mayor sobre todo, no podían entender cómo había llegado a este punto de cerrarla. Igual se dieron cuenta que mi cansancio era mayor que las ganas de seguir y tuvieron que aceptarlo”, concluyó.

 

“La vamos a extrañar”

 

La Monserrat, una de las panaderías del mismo barrio, que compartió varios años junto al negocio de los Rathge, posteó una foto en su página de Facebook y les dedicó un mensaje: “Gracias por tu amistad de tantos años, la enorme mano que nos tendiste cuando nos incendiamos, y gracias por haber recorrido juntos a través de generaciones esta hermosa profesión (...). Nuestro más sincero respeto y cariño a la familia Rathge de todo corazón. Nosotros también la vamos a extrañar”.

 

En la publicación, los viejos clientes de “La flor de Italia” aprovecharon para contar anécdotas personales que vivieron con la panadería y expresaron las sensaciones que les produce el cierre. “Pensé que este momento no iba a llegar. Es bueno poder cerrar ciclos y estar tranquilos que siempre brindaron lo mejor a los clientes y colegas”, escribió un usuario de la red social.